Rojava: en busca de la estabilidad imposible

Tranquilos, pero vigilantes. Estas son las dos palabras que mejor describan la situación actual en Rojava, el Kurdistán sirio, siete meses después de que Turquía lanzara la invasión contra esta región del norte y este de Siria el 9 de octubre de 2019, bautizándola con un nombre contradictorio: Operación “Manantial de paz”.

“La situación actual es de calma, pero también de caos por el tema de los desplazados que llegaron repentinamente por ciudades que fueron atacadas en octubre del año pasado”. Las palabras de Amina Hussein, periodista kurdo-siria residente en Barcelona, suponen una de cal y otra de arena. A pesar de que se respira un poco de normalidad en la región, las consecuencias de los ataques no han sido halagüeñas. “Ahora hay una crisis económica. La libra siria ha caído muchísimo, los precios están muy elevados, la gente no puede comprar bienes básicos y hay una pobreza insoportable”, agrega.

En esta misma línea se sitúa Arin, de la asociación Rojava Azadi Madrid: “Ha habido muchas muertes, se han perdido muchas cosechas, se ha perdido la estación de agua de Alok, en Serekaniye, lo cual sirve de medida de presión por parte de Turquía para presionar a la administración del norte y este de Siria, y hasta han cortado el flujo, dejando sin agua corriente a más de un millón de personas”.

Según datos que maneja el Rojava Information Center (RIC), desde el momento que comienza la invasión hasta diciembre, la cifra de fallecidos a causa de los ataques y bombardeos se sitúa en 522 civiles, 2.757 han resultado heridos y 400.000 se han visto forzados a abandonar sus hogares dentro del país. A día de hoy, y en medio de la pandemia mundial del coronavirus, Turquía prosigue con sus ataques en regiones como la de Shebba, hogar de 200.000 desplazados internos procedentes del cantón de Afrin, al noroeste de Siria, ocupado por Ankara en marzo de 2018.

En las últimas semanas, grupos yihadistas apoyados por Turquía han cortado continuamente el flujo de agua potable de la región de Hasakah (Heseke), donde viven 460.000 personas, lo cual puede suponer un suplicio para la población a la hora de tomar medidas para evitar el contagio y propagación del virus, como lavarse las manos. Algo que se une a la ya frágil situación en la zona, la cual tiene que enfrentar la enfermedad con escasez de recursos por el bloqueo del envío de material sanitario por parte de Damasco y la OMS (Organización Mundial de la Salud), y unas estructuras sanitarias golpeadas por los bombardeos turcos.

Entre las medidas adoptadas por la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES) para contener la pandemia, destacan las siguientes: cuarentena en toda la región hasta el 23 de abril (que se extendió hasta el 1 d emayo), cierre de escuelas, universidades y del paso fronterizo de Semalka, que conecta el noreste de Siria con el Kurdistán iraquí; prohibición de celebrar eventos públicos y un programa de liberación de presos para “aliviar” la amenaza del coronavirus en los centros penitenciarios.

El 2 de abril se registró la primera muerte por Covid-19 en la región, un hombre de 53años procedente de Hasakah. Sin embargo, no fue hasta el 17 de este mismo mes cuando la administración autónoma anunció la noticia, culpando al Gobierno sirio de Bashar Al Assad y a la OMS por no haberles transmitido los resultados, que confirmaron las causas del deceso.

Hussein estaba en Rojava justo el día en el que comenzó la invasión de octubre. Jamás se esperaba todo lo que sucedió, sobre todo después del enorme esfuerzo y sacrificio que mostraron las fuerzas kurdas para derrotar al Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés). “Siempre había estado ahí esa posible amenaza, pero en ese momento no éramos muy conscientes ni se esperaba que fuera tan pronto”, cuenta un voluntario español que estuvo luchando contra Daesh en las filas de las YPG (Unidades de Protección del Pueblo) en 2017. Esta persona ha pedido que su nombre no figure en este reportaje. “El pueblo kurdo lleva muchos años luchando contra los estados que ocupan su territorio, por lo que, cuando empieza la lucha contra Daesh, son una fuerza fundamental. Tienen experiencia militar, capacidad organizativa y un proyecto por el que luchan. La coalición internacional, liderada por Estados Unidos, les ayudó con apoyo aéreo, artillería y formación, pero los combatientes sobre el terreno siempre fueron ellos”, puntualiza.

El anuncio del presidente norteamericano Donald Trump de retirar sus tropas de Siria supuso un auténtico cambio de guion, que descolocó totalmente a las milicias kurdas. Momentos después, Turquía entraba en escena el 9 de octubre y los kurdos no tuvieron más remedio que hacer un pacto con Al Assad para resguardarse del ataque turco. Sin embargo, la retirada de Estados Unidos del conflicto no fue total, sino que conservó tropas en torno a los pozos petrolíferos para “protegerlos” -según Washington- y permitir que los kurdos sirios puedan acceder a los hidrocarburos para obtener fondos y mantener las cárceles con prisioneros de Daesh.

Limpieza étnica y armas químicas

We cannot complain (No podemos quejarnos), estas tres palabras se convirtieron en el eslogan utilizado en las redes sociales y en la calle para denunciar la invasión turca del Kurdistán sirio. Centenares de personas fueron detenidas por el gobierno del presidente turco Recep Tayipp Erdogan por mostrar su rechazo a la ofensiva en el norte y este de Siria, o simplemente informar de ella.

Voces críticas, como la abogada turca Nurkan Kaya, o el director y editor de la revista francesa Le Point, Franz-Olivier Geisbert, son dos claros ejemplos entre quienes sufrieron la censura del gobierno de Erdogan por referirse a la operación en Rojava como una auténtica “masacre” o “limpieza étnica”.

“Si tú obligas a una persona a abandonar su casa por razones étnicas o ideológicas, estás haciendo una limpieza étnica. Aparte de esto, cuando ellos se van de sus casas, traes otra población que no tiene nada que ver con la ciudad, ni con la cultura, ni su historia. Este proceso se sigue produciendo a día de hoy, porque en las ciudades que fueron ocupadas por Turquía se han establecido checkpoints de grupos armados apoyados por Turquía y no dejan que la población civil kurda vuelva a sus casas”, reporta Hussein.

Turquía justificó el lanzamiento de dicha operación para “neutralizar” a las milicias kurdas, a las cuáles considera “terroristas”, y establecer una “zona segura” de 30 kilómetros en el norte de Siria para el retorno de los refugiados sirios no kurdos a sus hogares. No obstante, y según informes del RIC, las intenciones reales de Ankara pasaban por realizar una “limpieza étnica” y repoblar la zona con más de dos millones de refugiados sirios no kurdos, que residían en Turquía y que, por ende, son leales a Erdogan.

“Esta zona no es segura y no lo va a ser por la presencia de mercenarios yihadistas y los ataques con coches bombas. Es simplemente la expansión militarista y territorial del Estado turco que, teniendo a un enemigo más débil como es Siria, está tratando de aprovechar dos cosas: primero, un odio étnico contra los kurdos, pero también un odio político contra un nuevo modelo político que da libertad y derechos a las mujeres, cosa que en Turquía podemos ver que está retrocediendo”, arguye Arin, quien ve en la invasión turca una visión nacionalista que trata de resucitar el extinto Imperio Otomano.

Ankara no vaciló en ningún momento en emplear todos los métodos y armas a su alcance para conseguir su objetivo, aunque estos fueran totalmente reprobables. Amnistía Internacional denunció los graves crímenes de guerra, violaciones de derechos humanos, ejecuciones sumarias y ataques indiscriminados que Turquía estaba perpetrando contra la población civil con armas químicas, como son el napalm y el fósforo blanco. Además, esta organización exhortó a países exportadores de armas a Ankara, como Estados Unidos, Alemania, Italia o España, a que “suspendan de inmediato” las transferencias de armas a Turquía y las demás partes del conflicto. Una petición ignorada “totalmente”, a juicio de Hussein.

Mujeres y política

La revolución de Rojava no hubiera sido posible sin las mujeres. Cuestión de realidad, asegura Arin, quien prosigue argumentando su afirmación. “Entre todos los cambios que ha habido durante la revolución, uno de los más importantes ha sido el de los derechos y libertades para las mujeres: que reciban la misma cantidad de herencia que los hombres, que tengan derecho a la custodia de sus hijos, a divorciarse, etc.”.

Este caudal de progresismo que, tanto la mujer como la propia sociedad kurda ha experimentado con todas estas medidas, no se queda solo aquí. Arin cita todos estos importantes avances que se han conquistado para la mujer en otros campos, como pueden ser el de la libertad, trabajo o ascenso laboral: salen más a la calle, trabajan fuera de casa, y en algunas ocasiones el porcentaje de mujeres que trabaja en algunas instituciones de la Administración alcanza hasta el 60%.

Además, añade un dato revelador: el 70% del profesorado en el sistema educativo en Rojava es mujer. “Ha habido grandes y significativos cambios para la vida de las mujeres. No solo en las áreas kurdas, sino también en las zonas árabes, y esto es muy importante, porque mujeres árabes que han vivido bajo el Estado Islámico ahora están participando de la administración del norte y este de Siria en sus comunidades. Estas mujeres tienen claro que no van a volver a como estaban antes, ni con el ISIS ni con el Estado sirio, porque se han demostrado a sí mismas, pero también han demostrado a la población, que son capaces y, en muchos casos, más resolutivas que sus compañeros masculinos”.

Con la invasión turca, la posición de las mujeres se desmoronó drásticamente, convirtiéndose, en palabras de Arin, en “carne de cañón” para muchos grupos yihadistas. Junto a esto, la muerte del marido o el padre suele arrastrar a éstas a una situación económica “muy precaria”, en las que les resulta difícil mantener a su familia. “La pérdida de la casa y del sustento familiar supone para estas mujeres muchas veces toda la pérdida económica y la estabilidad que tienen. Muchas de ellas, por miedo a ser casadas forzadamente, violadas o asesinadas, han huido de sus hogares y saben que no pueden regresar”.

Rojava nunca ha sido un problema o amenaza para Turquía, sostiene Arin, y está en lo cierto. Aunque esto no fue un motivo de peso para que Ankara iniciara la ofensiva, para José Manuel Mato, miembro del colectivo solidario Cádiz con Rojava y del Ateneo Libertario Fermín Salvochea, la propia existencia de una región autónoma kurda sí representa un peligro para los intereses turcos. “Con este movimiento, aparte de una demostración de fuerza, Turquía está queriendo eliminar un ejemplo de sociedad libre kurda, que podría ser muy peligroso de llegar a ser duradero y estable para su propia integridad como Estado-nación”, subraya Mato.

¿En qué consiste o se basa ese modelo de sociedad kurda? Según Arin, el modelo de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria es un modelo “nuevo, mixto y bastante avanzado”, basado en la teoría filosófica y política de Abddullah Ocalan -político kurdo, presidente del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán)-, que se llama Confederalismo Democrático, y tiene tres grandes pilares: el municipalismo, la liberación de las mujeres y el ecologismo.

Este modelo trata de funcionar a nivel descentralizado y de generar bases colectivas fuertes, que puedan solventar todos los problemas en las diferentes fases de la vida, y luego que exista una administración de coordinación entre ellas. “Es un modelo muy interesante porque se promueve la participación desde abajo. Se encarga de generar comunas en cada pueblo y barrio, para que las personas puedan mejorar su vida. Tratan de generar cooperativas y modelos económicos diferentes. Está dividido en un modelo general y mixto, donde hombres, mujeres y la juventud operan conjuntamente. Otra parte es de las mujeres, que es un espejo paralelo al modelo general, y que tiene competencias en todo lo que tiene que ver con las mujeres”, arguye Arin.

Aparte de este modelo, existe otro bastante interesante e inclusivo que se establece por cuotas, que es el modelo de copresidencias, en el que mujer y hombre, de lenguas y etnias distintas, están a la cabeza de la administración. Paralelamente a este modelo, existe un sistema de cuotas que funciona de la siguiente manera: la cuota de género es del 50%, por lo que en todos los puestos de la Administración tiene que haber, por lo menos, un 50% de mujeres; para la cuota de etnias el mínimo es, sin embargo, del 10%.

Tal y como se desprende del informe Beyond the frontlines. The building of thedemocratic system in North and East Syria (RIC, 19/12/2019), las instituciones civiles que hacen posible este sistema político y social no solo buscan establecer esta alternativa política únicamente en Rojava, sino para el resto de etnias y pueblos de Oriente Medio, con el fin de que todos puedan vivir en paz y lograr una estabilidad duradera en toda la región. Una estabilidad que Turquía quiere eliminar.

FUENTE: Miguel Rivas García / El Salto Diario / Edición: Kurdistán América Latina