La resistencia kurda en Irán

En lo que representa el acto directo de más envergadura que Estados Unidos ha cometido contra la República Islámica de Irán desde que la revolución de 1979 alejara irremisiblemente a ambos países, el asesinato de Qaseem Suleimani ‒líder de la fuerza de élite Quds, parte de la Guardia Revolucionaria‒ en un ataque aéreo a las instalaciones del aeropuerto internacional de Bagdad, abre una serie de interrogantes, suposiciones y especulaciones sobre la reacción iraní y las dinámicas del Medio Oriente a corto y mediano plazos, así como las razones y los objetivos últimos del ataque estadounidense.

Difícilmente podría agregar algo original a los análisis sobre el tema que se han publicado en la prensa internacional, y que han sido escritos por expertos y estudiosos del tema (será labor del lector desarrollar una postura crítica hacia lo que se publica en redes y medios, y distinguir entre expertos y opinólogos de ocasión). Debido a lo anterior, me limitaré a hacer una breve exposición sobre la situación kurda en la República Islámica de Irán, enfocándome en las dinámicas históricas, las tensiones internas y la represión que el régimen iraní ha ejercido contra su población kurda.

Irán es un país de contrastes y dualismos interesantes. Una antigua y grandiosa civilización que convive con un Estado relativamente nuevo y una población en su gran mayoría joven. Un Estado que históricamente ha sido muy débil, pero que establece dinámicas centralizadoras y represoras hacia la periferia. Un país con una heterogeneidad lingüística, religiosa y étnica que choca con una República que promueve una visión única de la iranidad, en la que lo persa y chiita es central, y una población que ha sufrido la guerra y la represión doméstica tanto en la época de la dinastía Pahlavi como en la República Islámica instaurada en 1979 con el Ayatollah Khomeini como líder y poderoso símbolo.

La autoimagen de los países del Medio Oriente es un tema central en la comprensión de la política regional que, desgraciadamente, ha sido poco incorporada a los análisis geopolíticos que se hacen sobre la zona. En el caso de Irán, tenemos un grandioso pasado imperial que juega un importante papel en la autoconcepción nacional que se conjuga con una historia islámica igual de orgullosa, en especial en lo referente a las contribuciones religiosas y culturales persas al Califato Abasí.

Como muchos países de la zona, la extensión actual de Irán no corresponde con el tamaño territorial e influencia cultural que históricamente alcanzó. La pérdida de territorio a manos de potencias enemigas, como otomanos y rusos, aún impacta en la autopercepción de los iraníes y condiciona algunas de sus dinámicas regionales. Un ejemplo de esto es la cultura persa que sigue presente en algunas partes de Asia Central, por lo que hay la noción de que el espacio cultural iraní trasciende por mucho las fronteras del país.

Lo anterior ha instalado una “mentalidad de asedio” debida a la pérdida de la posición dominante, combinada con un orgullo nacional sobre el pasado glorioso que se desarrolla en un país con tres dinámicas propias: una población joven y muy educada, interesada y al tanto de los desarrollos políticos, económicos, militares y culturales de un Occidente con el que mantiene una relación amor-odio compleja; esa población sigue expuesta a una maquinaria propagandística (común en varios países de Medio Oriente) enraizada en el recuerdo de la guerra entre Irán e Irak (1980-1988) y visibilizada en murales, desfiles, conmemoraciones y recuerdo constante de los mártires, enmarcados en una agenda gubernamental que busca propagar una visión particular del mundo que se fundamenta en un fuerte sentimiento de pertenencia popular al clérigo chií, que pretende imponer normas sociales inspiradas en la religión islámica.

Los kurdos de Rohalat

Nader Entessar se pregunta si los kurdos son un grupo étnico (qown) o una nación (mellat), (1) pues a partir de la respuesta que se dé a este interrogante se fundamentará la postura política en relación a los kurdos y su lucha. Tanto el Imperio Otomano como el Imperio Persa, la Turquía contemporánea, el mundo árabe y la República Islámica de Irán, han dado diferentes respuestas a esta cuestión, lo que explica las distintas políticas implementadas en relación con los kurdos. Lo mismo podríamos preguntarnos sobre otras minorías étnico-religiosas del Medio Oriente.

El nacionalismo kurdo ha sido poco y mal estudiado en la academia latinoamericana, y son muy pocas las obras de calidad que han llegado a nuestras universidades y centros de investigación; una aportación central en este debate es el libro Essays on the Origins of Kurdish Nationalism, editado por Abbas Vali, en el cual se expone el desarrollo del nacionalismo kurdo como una dinámica ligada al tránsito hacia un nacionalismo moderno que árabes, persas, turcos, armenios y judíos experimentaron por décadas y decantaron en movimientos nacionales complejos, contradictorios y, muchas veces, enfrentados entre sí.

En el caso iraní, ya desde antes de la época Pahlavi, tanto intelectuales como los funcionarios de gobierno y políticos comenzaron a desarrollar un concepto nuevo de identidad nacional enfocado en la “persianidad”, como afirma Firoozeh Kashani Sabet: “la patria iraní, aunque todavía formalmente el lugar de nacimiento de armenios, kurdos, árabes, baluches, así como farsis y otros, llegó a representar cada vez más el país (vatan) de los persas chiitas por medio de los esfuerzos intensivos del Estado para extirpar las culturas competitivas”(2). Este nuevo nacionalismo iraní se vio impulsado fuertemente por el régimen de Reza Khan desde 1926, durante el cual se intentó establecer el control político, económico e identitario por medio de intervenciones armadas constantes en las provincias no persas. En este punto, se concibe el conflicto entre un gobierno central dominado por persas y aquellos grupos étnicos diferentes y opuestos al proyecto de asimilación gubernamental.

Mosaico étnico de Irán

Aquí vale la pena recordar que entre 45 o 50 por ciento de la población iraní es no persa, pues árabes, lures, baluches, kurdos, azerbaiyanos, armenios y judíos, forman parte de la demografía del país. También es importante destacar que si bien la mayoría de la población es musulmana chiita hay grupos poblacionales sunitas que trascienden las diferencias étnicas. Para ilustrar lo anterior tomemos como ejemplo a la población kurda del país.

Rohalat (término kurdo para referirse al Kurdistán iraní) se expande entre la zona montañosa al sureste del monte Ararat y las montañas Zagros, en el noroeste del actual Irán, y es hogar de la mayoría de los diez millones de kurdos iraníes y de otras minorías como lures y azerbaiyanos. Dos tercios de los kurdos iraníes son sunnas y un 27 por ciento, chiitas. Los kurdos chiitas residen principalmente en Kermanshah (la mayor ciudad kurda del país) e Illam, donde conviven con la mayoría lur.

En términos lingüísticos, el Kurdistán iraní cuenta con gran diversidad de dialectos; aunque la lengua kurda predominante es el soraní, también se hace uso del kurmanji, así como del píjhder o lori en las ciudades más importantes como Mahabad, Saqqez, Sanandaj y Marivan. En este sentido, la lengua kurda ha sido una fuente de lucha por la conservación de la cultura kurda, oponiéndose a la “iranización” e “islamización” perseguidas por el gobierno central de Teherán.

En Rohalat hay grandes recursos acuíferos, petróleo y minerales, como el cobre, carbón, hierro y cromo que se explotan en beneficio de las regiones centrales del país. El gobierno de Teherán ha marginado a los kurdos en el manejo de sus propios recursos naturales y la zona vive una situación de dependencia y desventaja económica en relación con el poder central, dinámica establecida por la dinastía Pahlavi y mantenida por la República Islámica.

Para entrar en contexto sobre la situación kurda en Irán debemos remontarnos hasta principios del siglo XX, donde el líder kurdo Ismail Agha Shikak resultó ser una pesadilla para el gobierno central por la gran cantidad de levantamientos que lideró en las zonas kurdas durante la década de 1920, seguidas de otras revueltas una década después hasta la formación de la República de Mahabad en 1946, la cual no tuvo gran éxito (aunque sí juega un papel muy importante en la historia e identidad kurda contemporánea) al no alcanzar ni un año de existencia. Aunque no triunfara el proyecto de autonomía y la formación de la República kurda en territorio iraní, las demandas políticas y culturales se hacían cada vez más poderosas.

Con una representación política moderada, por medio del Partido Democrático Kurdo de Irán (KDPI), el proyecto nacionalista del Kurdistán iraní se posicionaba como algo revelador, sobre todo con el apoyo del Kurdistán iraquí. Sin embargo, con la imposición del primer rey de la dinastía Pahlavi, Reza Khan, y el cambio del nombre de Persia a Irán en 1935, la represión contra la provincia kurda se incrementó, lo que años más tarde revivió en las mentes de los jóvenes kurdos a fin de reclamar la instauración de una autonomía política.

Con el nombramiento de Mohammad Reza Shah como nuevo monarca de Irán, el KDPI fue prohibido tras la disolución de la República de Mahabad, lo que dio inicio a un periodo de persecuciones políticas y de hostigamiento hacia la población kurda. En cuanto al idioma, el Shah estableció leyes que indicaban que el persa sería el único idioma hablado y escrito, no solo en las instituciones gubernamentales y educativas, sino también en las emisiones de televisión, radio e incluso en las publicaciones escritas (periódicos y libros). Todos los niveles de la educación nacional deberían ser impartidos en persa.

Lo que quería lograr el Shah con sus iniciativas lingüísticas era asimilar lingüísticamente a su población kurda (proceso parecido al de Turquía), y crear un nuevo sentimiento nacionalista iraní, sin considerar la importancia de las minorías y su legado cultural, que hacía (y hace) a Irán un Estado multiétnico y con una diversidad muy interesante.

La lucha kurda iraní prosiguió en forma de diversas rebeliones en el noroeste de Irán durante los años del Shah hasta la llegada de la Revolución de 1979, con la cual los kurdos confiaban que podrían avanzar en sus reclamos culturales y políticos. Sin embargo, con la proclamación de la República Islámica de Irán los kurdos volverían a ser una minoría no reconocida, aplastada y cercada por el gobierno centralizado del Ayatollah Khomeini, quien emprendería un duro conflicto con la población kurda de su país, aunque apoyaría a los kurdos de Irak durante la guerra Irán-Irak (1980-1988).

La represión seguiría su curso y los partidos políticos kurdos fueron prohibidos y perseguidos mientras muchos de sus dirigentes resultaron acusados y asesinados, como Abdul Rahman Ghassemlou (1989), secretario general del KDPI, a quien los servicios de inteligencia iraní (en los cuales ya influía Qaeem Soleimani) mataron en Viena; Abdullah Ghaderi-Azar, también asesinado en Viena; y a Sadegh Sharafkandi, secretario general del KDPI después de Ghassemlou y quien fuera asesinado en Berlín en 1992.

En el campo político, la Constitución del nuevo gobierno islámico que entró en vigor el 3 de diciembre de 1979 establecía el farsi y el islam chiita como los oficiales, y si bien reconocía la diversidad étnica, lingüística y religiosa del país, la represión en el ámbito educativo, televiso y gubernamental contra la lengua kurda seguía en marcha.

En 1997, con la elección de Khatami como presidente de Irán ‒un hombre calificado como progresista y moderado‒ se vislumbraba una nueva época para los kurdos, pero gradualmente quedó claro que no sería así, ya que la presión de los grupos conservadores mostró la debilidad de Khatami, quien silencioso atestiguaba el recrudecimiento de las acciones de la Guardia Revolucionaria Iraní en los territorios kurdos con asesinatos y arrestos arbitrarios de todo aquel que no respondiera a los ideales de la revolución o se resistiera a las políticas homogeneizadoras.

Estas mismas prácticas no cesaron con la entrada de Ahmadinejad al poder en 2005, elección a la cual la población kurda se opuso fuertemente creando ese mismo año el Partido de Vida Independiente del Kurdistán (PJAK), un movimiento armado vinculado con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). La época de Ahmadinejad, muy aplaudido y recibido en algunas capitales latinoamericanas, resultó ser la más sanguinaria y represora contra la oposición interna, pues si en 2005 el régimen ejecutó a 94 personas, para 2006 fueron 117; en 2007 alcanzó la cifra de 317 y en 2008 se asesinó a 370 iraníes opositores.

Nombres desconocidos en Occidente como Mohammad Seddigh Kaboudvand, Ehsan Fattahian (2005), Fasih Yasamani, Farzad Kamangar, Ali Heydarian, Shirin Alam Hooli, Mehdi Eslamian, Farhad Vakili fueron ejecutados por pertenecer al PJAK en 2010. En 2013, y ya con Rouhani en la presidencia, el asesinato de activistas políticos kurdos continuó con el asesinato de Habibollah Golparipour y Shirko Moareh. Actualmente, seguimos siendo testigos de ejecuciones de kurdos disidentes a manos de las autoridades iraníes, mismas a las que perteneció Qaseem Soleimani durante toda su carrera militar, y que son silenciadas e ignoradas en nuestros países por una apatía académica, una complicidad política y un sesgo mediático que margina el análisis profundo del Medio Oriente en aras de presentar solo casos coyunturales.

La lucha por un Kurdistán autónomo dentro de un Irán democrático y progresista; la implantación de garantías individuales también para los kurdos reconocidos como tales y como ciudadanos, con plenos derechos nacionales dentro del Estado, dejando atrás el ataque a los diversos dialectos kurdos; y finalmente la creación de un Estado multilingüe, donde se enseñe en kurdo y persa, sin temer lo que el gobierno central pueda hacer por el uso del soraní, kurmanji, píjhder o lori en las instituciones educativas, gubernamentales y en medios de comunicación, sin crear una división étnica, lingüística y cultural dentro del Kurdistán iraní son algunas de las luchas sociales y políticas contemporáneas en Rohalat.

El asesinato de Qaseem Soleimani y las crisis endémicas del Medio Oriente podrían abrir el interés en otras dinámicas de Irán, Irak, Turquía y el resto de los países de la zona. Dependerá de aquellos académicos y especialistas latinoamericanos versados en Medio Oriente que esas dinámicas encuentren luz y se genere el interés suficiente para construir una verdadera comunidad académica latinoamericana interesada en Medio Oriente que trascienda posturas políticas particulares.

Notas:

(1) Nader Entessar “Los kurdos en Irán”, en Manuel Férez, “Estos son los kurdos. Análisis de una nación”, Porrúa, 2014.

(2) Cf. Firoozeh Kashani Sabet, Frontiers Fictions: Shaping th Iranian Nation 1804-1946, Princeton, 1999.

FUENTE: Manuel Férrez Gil / Informe Oriente Medio