La amarga historia de los hijos de la Jihad

La tragedia ya no son ellos, sino ellas y sus hijos atrapados en los limbos de la caída del califato del Estado Islámico (ISIS). Son mujeres y niños europeos y de otras nacionalidades que, en 2013, cuando fue creado el califato por Abu Bakr Al Baghdadi, viajaron a los territorios de Siria e Irak con sus hijos pequeños para unirse a la barbarie que estalló como consecuencia de la invasión norteamericana de Irak en 2003. Hoy están detenidas junto a sus hijos en campos como el de Al Hol en Siria, controlados por las fuerzas kurdas. Europa se niega a hacerse cargo de las mujeres y los niños, pero la ONU, a través de la ex presidenta de Chile Michelle Bachelet, hoy Alta Comisionada para los Derechos Humanos, le exige que, “salvo si están procesados por crímenes, sean repatriados”.

En lo que atañe a Europa, el Viejo Continente mira hacia otro lado. La radicalización y el traslado a Siria e Irak de miles de ciudadanos de la Unión Europea (UE) ha planteado y plantea una de las disyuntivas humanitarias más agudas de las últimas décadas: ¿qué hacer con los ex combatientes y, sobre todo, con las mujeres y sus hijos nacidos durante la guerra o llevados a la región pese a su infancia?

En Francia, el presidente Emmanuel Macron precisó que no había un “programa específico de repartimiento de los jihadistas”, ni tampoco uno destinado a los niños. A lo sumo, se haría un análisis “caso por caso”. Los responsables políticos se amparan bajo el criterio de “la seguridad nacional”. El problema tiene tres caras: los combatientes europeos en sí mismos, las mujeres y los hijos. Según cifras proporcionadas por Europol, desde 2014 unos cinco mil ciudadanos europeos habrían viajado a Siria e Iraq. Muchos de ellos quieren regresar y han hecho todo lo posible para que las puertas se volviesen a abrir. Pero están condenados.

Hay casos extraordinariamente complejos y dramáticos. En Francia, padres o abuelos de los y las jihadistas partieron hacia Siria para buscar a sus hijos o nietos en los campos donde están detenidos. Otros familiares los buscan rastreando los videos de propaganda del Estado Islámico. Algunos lograron traerlos de vuelta. Una vez en Francia, la madre o el padre fueron encarcelados mientras que los niños de entre dos y doce años quedaron a cargo de algún Hogar de la Infancia o en el seno de familias que los cuidaron. Más tarde, según las condiciones, los niños pasaron a la responsabilidad de los abuelos o los tíos.

A principios de junio, doce niños “huérfanos particularmente vulnerables”, diez franceses y dos holandeses, fueron repatriados a Francia desde los campos de Al Hol y Roj, en el noreste de Siria y bajo administración kurda. Otros cinco habían llegado en marzo en las mismas condiciones. De los doce menores de junio, diez son huérfanos mientras que los otros dos vivían con su madre Saïda El Ghaza, una franco marroquí de 33 años. La mujer dio su acuerdo para separarse de sus hijos, porque no fue autorizada a regresar a Francia debido a que las autoridades francesas rehúsan recibir a las madres que se unieron a las filas del Estado Islámico.

La opinión pública ejerce une presión negativa sobre el poder político. Dos de cada tres franceses se oponen al retorno de los niños. Por ello, sus familias actúan con discreción. Por ejemplo, la de Sofiane, que tenía 17 años en 2013, cuando decidió partir de Francia hacia el feudo del califato. Dejó una nota y nada más. Su madre lo busca desde entonces. Sólo supo que la esposa de Sofiane y la niña que había nacido en Mosul perdieron la vida durante un bombardeo de la Coalición.

Marc y Suzanne Lopez, los padres de Léonard, recién acaban de encontrar a sus cuatro nietos y a su mamá en el campo de Roj. En 2015, su hijo Leonard y su esposa dejaron París con sus dos hijos. “Nos dijeron que se iban de vacaciones a Italia”, contó el señor Lopez al diario Le Monde. Pero su destino fue el Estado Islámico, en Irak. La pareja tuvo allí otros dos hijos que hoy están junto a su madre en Roj. Léonard Lopez fue condenado a muerte en Bagdad, uno de 616 extranjeros condenados en Irak en 2018. Marc y Suzanne Lopez viajaron a Siria para ver a sus nietos. Estaban detrás de un alambrado en el campo de Roj, pero nunca les permitieron ingresar. La situación de las madres que están en Al Hol o Roj es extremadamente inestable. Esos campos están llenos de ex jihadistas que se oponen férreamente a que los niños vuelvan a Occidente.

La hostilidad en las opiniones públicas occidentales traban las iniciativas humanitarias. Y el poder político ya demostró su cobardía con la crisis migratoria del Mediterráneo. No hay que hacer movimientos que levanten olas de odio en esas plazas de ejecución pública en las que se han convertido las redes sociales. La Comisión Nacional consultativa de Derechos Humanos exigió el retorno “sin condiciones” de los niños bloqueados en los campos de Siria e Irak. La política de “caso por caso” adoptada por el Ejecutivo es, para la Comisión, “contraria a los principios de humanidad”. Según Michelle Bachelet, habría once mil familias de combatientes del Estado Islámico en Al Hol. La Unicef calcula que en Siria e Irak hay alrededor de 29.000 niños hijos de los jihadistas del Estado Islámico.

Pero los países europeos no quieren contrariar a sus opiniones públicas. Casos como el de Marc y Suzanne Lopez hay cientos en el Viejo Continente. Las familias recurren a la justicia, a la Corte Europea de Derechos Humanos, a contactos locales. El muro apenas se desgaja gota a gota. Abuelos y tíos han pasado meses y meses rastreando niños en los campos de Siria e Irak. Cuando los encuentran, empieza otro infierno. Nadie quiere a esos niños, que pagan por la barbarie de sus padres. Las reglas jurídicas les dan la razón: antes de ser hijos de jihadistas son hijos de la República. Esta, sin embargo, los condena al estatuto de sus padres. La democracia patotera de los sondeos, la de Twitter y de Facebook, hacen el resto del trabajo sucio. El humor y los miedos de la multitud ciegan la razón y la humanidad de las minorías que gobiernan.

Se sentencia a los niños como si fueran ellos, con dos años de edad, los responsables de una barbarie desatada por las potencias occidentales que desmembraron Irak en 2003. Sin la invasión, nunca hubieran ocurrido historias como la de Lydia Elbahi, condenada en 2014 a treinta años de cárcel por pertenecer a una red yihadista que operaba en Francia. Escapó hacia las filas del Estado Islámico con sus dos hijos. Su hermano, Amine Elbahi, se enteró de que Lydia, su hija y su hijo habían salido con vida de los bombardeos contra las bases del Estado Islámico. Ahora busca recuperar a los niños. Los abogados William Bourdon, Martin Pradel y Marie Dosé, en representación de Amine Elbahi y otras familias que viven situaciones similares, presentaron una querella ante el Comité de los Derechos de la Infancia de la ONU. Atacan al Estado por “inacción” en lo que toca a los niños franceses bloqueados en los campos kurdos.

¿Cuántos son? Hasta esa cifra es imprecisa. Ya regresaron 84, pero la DGSI, los servicios secretos franceses, estima que habría entre quinientos y seiscientos niños hijos de jihadistas franceses en los territorios sirio-iraquíes. El cálculo es, no obstante, aproximativo. Muchos han muerto durante los bombardeos de la operación Roundup contra los últimos bastiones del Estado Islámico; otros habrían sido salvados por familias de la región. Los que aún viven han sido castigados por las opiniones públicas de los países cuyos nacionales partieron hacia aquella falsa promesa de paraíso. Son la infancia sin patria, despojada de su niñez y aún sentenciada al exilio por los errores paternos. Sus padres los secuestraron. La sociedad los abandona a un destino horroroso del que no son ni cómplices ni responsables.

FUENTE: Eduardo Febbro, desde Francia / Página12