De vuelta a casa II: revolviendo y repensando

-¿Hace cuánto que pasan tantos aviones por aquí?

-¿Pasan muchos aviones?

Por mucho que rebuscaba en mi memoria, no recordaba que constantemente los aviones sobrevolasen mi ciudad, pero nadie me sabía aclarar cuánto hacía que pasaban ni por qué. Por mucho tiempo que hubiese pasado fuera, no podía ser que no lo recordase si hubiesen estado siempre ahí, pensaba.

Seguí preguntando, curiosa y decidida a descubrir el motivo del cambio, hasta que me di cuenta de que no era tal, sino que los aviones siempre habían estado ahí, pero yo no los escuchaba. Entendí que sólo después de haber estado en una situación, la de Rojava, en que los aviones acostumbran a ser sinónimo de peligro, de alerta, de tener que salir corriendo de posibles bombardeos, y al sonido de los cuales, por tanto, estábamos siempre bien atentas, sólo ahora se habían hecho sensibles a mi percepción.

Pero los aviones siempre se habían confundido con el sonido de las campanas, formaban parte de nuestro paisaje, de nuestro contexto, de nuestra realidad. Sólo eran imperceptibles desde los oídos de alguien a quien el hecho de que pasen aviones ni le va ni le viene. Y una vez mi cuerpo había aprendido a vivir la amenaza de un avión, de golpe se había vuelto algo evidente, a pesar de que el resto de compañeras me seguían diciendo: “¿”ué aviones?, no los oigo nunca”.

Se me hizo evidente entonces que a veces la realidad en la que vivimos, que nos da forma y que nos rodea, que moldea nuestra historia y nuestro presente, nos es invisible. A menudo, cuando ésta no nos afecta demasiado, como los aviones comerciales que pasan sobre nuestras cabezas, ni siquiera escuchamos algo tan estridente como el ruido de los aeroplanos, ni siquiera vemos algo tan evidente como un saco de toneladas volando sobre nosotras. Y hasta que no lo sientes, hasta que no tienes que estar pendiente de su sonido para salvar tu vida, no te das cuenta de que esta realidad existe y siempre ha estado ahí. Y te das cuenta de que no sólo pasaban sobre aquellas que los escuchaban, sino también sobre el resto de compañeras que aún no los oyen, pero que quizás después de tanta pregunta se empezarían a fijar en ellos.

Me hacía pensar tres cuestiones: la primera, en cómo llegamos a normalizar según qué cosas. El primer día que escuchamos la artillería golpeando en los pueblos de alrededor de donde nos encontrábamos, nos pusimos el calzado a toda prisa, preparamos las mochilas, atentas a los movimientos que tuviésemos que hacer. Pero no había movimientos que hacer. Sólo teníamos que esperar y esperar que los proyectiles no cayesen sobre nuestro. Al cabo de unos cuantos bombardeos, sencillamente continuábamos con el desayuno, bromeando para pasar un nerviosismo que nunca desapareció completamente. Del mismo modo, mirándolo desde lejos, de tantas invasiones, bombardeos y asesinatos que aparecían a diario en la televisión, habíamos llegado, sin darnos cuenta, a no estremecernos delante de tales horrores. La guerra en Libia, los secuestros masivos de mujeres en Nigeria, o las presas en huelga de hambre muriendo en Turquía pasaban a ser una noticia más del continuo de desgracias que salían en la sección de información internacional o en el continuo deslizar de la red social en cuestión.

La segunda, ligada a esta, era la distancia que se había creado entre nosotras y lo que nos rodea. Ya no sentíamos estas partes de la realidad como propias, sino que cuanto más finas eran las pantallas de televisión de nuestras casas, o más delgados nuestros teléfonos móviles, más se convertían en un grueso vidrio que nos separaba de aquello que emitían -fuesen los lejanos bombardeos y golpes de Estado, o los más cercanos feminicidios, desahucios e infinitas colas del paro-, permitiendo cada vez saber más cosas y, en cambio, sentir menos. Porque también, a través de las pantallas, sólo nos muestran la superficie, y no la profundidad, de manera que nuestra reacción cognitiva, emocional y, en consecuencia, política, se ha podido volver igual de estrecha que la imagen que nos ofrecen. Ni vemos, ni analizamos, ni sentimos, así pues la profundidad de una guerra y sus miles de asesinadas, mutiladas o desplazadas. La profundidad del hambre, la esclavitud y las violaciones. La profundidad de tener que vivir toda una vida pendiente de los aviones y sus bombardeos o de sus cientos de turistas que nos expulsan de nuestras casas. Acabamos completamente disociadas de los hechos, de las personas que los sufren, y por tanto separadas e incapacitadas políticamente como movimientos políticos nacionales e internacionales, como humanidad en lucha.

Por último, me hacía pensar en esa humanidad por la que luchamos, y por cómo construir un proyecto revolucionario que responda a este objetivo global. Pensaba en mi ceguera ante los aviones, y pensaba si cuando hacemos análisis y propuestas, podemos o no escuchar sólo con nuestros oídos, o ver sólo con nuestros ojos. Porque habrá aviones que no veamos, ya que para nuestra vida concreta ni nos va ni nos viene; y habrá gente muy leída y que haya escrito grandes análisis que también tuviese esa ceguera. Quizás descubrir aviones que antes no veíamos nos obliga a replantear, a redefinir, a modificar análisis y estrategias. Porque que no los viésemos cuando hicimos el primer plan, o incluso que no estemos de acuerdo con las estrategias políticas que plantean quienes los sufren, no quiere decir que no estuviesen siempre ahí y que no marquen tanto la realidad como los bombardeos que a veces los aviones lanzan.

Aunque las bombas no caigan sobre “nosotras”, sí que caen sobre el “nosotras” que queremos tejer para escribir las páginas de la historia que nos hagan poder volver a casa de verdad, para algún día no volver a la supervivencia de encontrar un sueldo y un techo en nuestra tierra robada, sino volver a nuestra tierra liberada de la explotación del trabajo asalariado y de la propiedad privada, poniendo fin al exilio de nuestras vidas en que vivimos a causa del capitalismo, haciendo de cada persona nuestra compañera y de cada rincón del mundo nuestro propio espacio de construcción de la libertad.

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FUENTE: Aurora Picornell / Buen Camino / El Salto Diario / Foto de portada: Pablo Tosco